Carta de Abril 2017

Pére Jacinto Farias

Muy queridos amigos equipistas

Nuestro carisma y nuestra misión como Movimiento son por sí mismos inagotables, a pesar de su simplicidad y la claridad de su objetivo: ayudar a los matrimonios a recorrer el camino de la santidad. La delimitación clara y simple del objetivo o de la finalidad de nuestro Movimiento en la Iglesia, seguramente ayuda a discernir cuáles son los medios a utilizar para alcanzar las metas que nos hemos propuesto. Sabemos que, desde el principio, se trataba de encontrar una metodología simple y concreta para ayudar a las parejas a recorrer el camino de la santidad según su estado, es decir, como cristianos unidos por el sacramento del matrimonio. Se trata pues de un Movimiento de laicos consagrados por el bautismo (y los otros sacramentos de la iniciación cristiana) y por el matrimonio. El sacramento del matrimonio, como nos lo recuerda el Papa Francisco, no puede ser visto por nosotros, es decir por las parejas, como un acontecimiento que sólo concierne al pasado, a aquel día en el que los novios intercambiaron su consentimiento y se prometieron pertenecer el uno al otro para toda la vida. Es evidente que eso fue el sacramento del matrimonio: el punto culminante de un camino coronado por el sí mutuo, esa palabra de la fidelidad que es el signo de la victoria del amor sobre el tiempo. Pero, habiendo coronado toda una marcha de reconocimiento recíproco, el sacramento del matrimonio también es un punto de partida: « los novios no ven el matrimonio como el fin de un recorrido, sino que asumen el matrimonio como una vocación que los lanza hacia adelante (Papa FRANCISCO , Amoris Laetitia, 211), hacia la verdadera aventura del amor, de ese amor auténticamente humano del que nos habla la encíclica Humanae vitae que Pablo VI (1897-1978) publicó el 25 de julio de 1968, y de la cual el Papa Francisco en Amoris Laetitia nos dice que las parejas la deben redescubrir -« es necesario redescubrir Humanae vitae» (AL 222) – porque, en verdad, Humanae Vitae es el elogio al verdadero amor, humano y cristiano, de ese amor que por el sacramento es purificado, elevado y transformado para realizarse plenamente en la perfección de la caridad. De hecho, según Humanae Vitae, el amor conyugal, purificado por la gracia sacramental del matrimonio, es, por su naturaleza, humano, total, fiel, exclusivo y fecundo (HV 9). Esto que Pablo VI dice aquí ya había sido presentido por el filósofo Aristóteles (384-322 a.JC), según el cual la amistad consiste en querer el bien del otro por lo que es y no por lo que nos puede dar, lo que, purificado por la gracia, significa que el esposo ama a su esposa porque ella es su esposa, la que Dios pensó para él, por tanto, como un regalo divino ; y que la esposa acoge el amor de su marido porque él es su marido, el que Dios pensó desde siempre para ella, para que participen juntos en el misterio de la transmisión de la vida y den a sus hijos los nombres con los cuales Dios los llamará personalmente en el tiempo y en la eternidad. Esto es lo que dice, de una manera simple, el papa Francisco cuando escribe: « en efecto, Dios les permite escoger el nombre por el cual El llamará a cada uno de sus hijos por toda la eternidad » (AL 166).

Cuando hablamos de la misión de las parejas y de las familias cristianas, pienso que siendo fiel al pensamiento del Papa Francisco, debemos entenderla en ese sentido, es decir, redescubrir el pensamiento de Dios sobre cada uno de nosotros y concretamente sobre los matrimonios cristianos que desean tomar seriamente el sentido de su vocación y de su misión, es decir « la construcción de hogares sólidos y fecundos según el plan de Dios » (AL 6). Todo « según el plan de Dios » es fundamental y para eso tenemos la mística de nuestro Movimiento, con los puntos concretos de esfuerzo, de los cuales son tan importantes, ya lo sabéis, la oración conyugal y la sentada. Yo añado la necesidad del perdón como regla de vida y del perdón sacramental recibido frecuentemente, como nos lo aconseja vivamente el papa (AL 227). Estar permanentemente en un estado de penitencia será tal vez nuestra condición de personas que se encuentran en camino, sin haber llegado todavía a la meta, porque siempre debemos estar atentos a las cosas pequeñas y a las pequeñas atenciones, para que la palabra de fidelidad y de perdón, una vez pronunciada, se concretice cada día en nuestra vida. Nuestra misión será entonces soñar la historia del futuro que el Señor quiere escribir con cada uno de nosotros.

Que el Señor os acompañe siempre y os proteja sin dejaros conformar con la mentalidad de este mundo.

P. José Jacinto Ferreira de Farias, scj
Consejero Espiritual del l’ERI


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