Remitir la fraternidad al centro de la sociedad :

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 Catequesis del 18 de febrero  2015

« Hoy, es más necesario  que nunca remitir la fraternidad al centro de nuestra sociedad tecnocrática y burocrática: así, la libertad y la igualdad tomarán también su justa tonalidad », declaró el papa Francisco durante la audiencia general del  miércoles  18 de Febrero en la mañana.
Después de haber meditado durante los encuentros precedentes sobre las figuras del padre y de la madre, el papa consagró su catequesis a la « belleza del lazo fraternal »: Tener un hermano, una hermana que te ama, es una experiencia fuerte, inestimable, irremplazable. »
« La bendición que Dios, en Jesucristo, derrama sobre ese lazo de fraternidad, lo dilata de una manera inimaginable, haciéndolo capaz de vencer todas las diferencias de naciones, de lenguas, de culturas y aún de religiones » afirmó el Papa.
El papa alertó: « Sin la fraternidad, la libertad y la igualdad se pueden llenar de individualismo y conformismo, y aún de intereses personales ».
La fraternidad resplandece de manera especial en la atención a los más débiles », subrayó, « los más pequeños, los más débiles, los más pobres nos deben conmover; ellos tienen el derecho de prender nuestra alma y nuestro corazón. Sí, ellos son nuestros hermanos y, como tales, debemos amarlos y ocuparnos de ellos ».
A.K.

Catequesis del papa Francisco: La familia- V Les hermanos.

¡Buenos días querido hermanos y hermanas!
En nuestro camino de catequesis sobre la familia, después de haber considerado el rol de la madre, del padre y de los hijos, hoy, es alrededor de los hermanos.  « Hermano » y « hermana » son palabras que el cristianismo ama mucho. Y, gracias a la experiencia familiar, son las palabras que todas las culturas y todas las épocas comprenden.
El lazo fraternal tiene un lugar especial en la historia del pueblo de Dios, que recibe su revelación en lo más intenso de la experiencia humana.  El salmista canta la belleza del lazo fraternal: « Si, es bueno, es dulce para los hermanos vivir juntos » (Salmo 132,1) Y es cierto, ¡la fraternidad es bella! Jesucristo llevó a su plenitud esta experiencia humana que es ser hermanos y hermanas, asumiendo en el amor trinitario y desarrollándola al punto que va mucho más allá de los lazos de parentesco y que puede traspasar todos los muros de lo desconocido.
Sabemos que cuando  la relación fraternal se destruye, cuando se destruye la relación entre hermanos, la vía se abre hacia experiencias dolorosas de conflicto, de traición, de odio. La narración bíblica de Caín y Abel presenta el ejemplo de esta situación negativa. Después de la muerte de Abel, Dios preguntó a Caín: " ¿Dónde está tu hermano Abel?" (Gen 4,9a). Esta es una pregunta que el Señor continúa  repitiendo a todas las generaciones. Y por lo tanto, en todas las generaciones también se repita la dramática respuesta de Caín: "Yo no sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?" (Gen 4,9b).  La  ruptura del lazo entre hermanos y muy grave y dañina par a la humanidad. Aún en familia, cuando los hermanos se pelean por  cosas pequeñas, o por una herencia, y no se vuelven a hablar,  no se saludan. ¡Esto es muy grave!  ¡La fraternidad es algo muy grande, cuando pensamos que todos los hermanos han permanecido en el seno de la misma mamá durante nueve meses, y son carne de su madre! Reflexionemos un poco: todos conocemos familia que tienen hermanos divididos, que se han peleado; pidamos al Señor por esas familias – tal vez ese caso existe en nuestra misma familia – para que les ayude a reunir a esos hermanos, a reconstruir la familia.  La fraternidad no se debe destruir y cuando se destruye, pasa lo que sucedió con Caín y Abel. Cuando el Señor pregunta a Caín dónde está su hermano, él responde: « Pero yo no sé, mi hermano no me interesa ». Esto es grave, es algo demasiado doloroso escuchar eso. En nuestras oraciones, pidamos siempre por los hermanos que están divididos.
Si hay un clima de educación a la apertura a los demás, el lazo de fraternidad que se forma en familia entre los hijos es una gran escuela de libertad y de paz. En familia, se aprende entre hermanos la co- habitación humana, cómo se debe vivir con otros en sociedad. Puede ser que no siempre seamos con conscientes, ¡pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en este mundo! ’ A partir de esta primera experiencia de fraternidad, alimentada por los sentimientos y la educación familiar, el estilo de la fraternidad irradia como una promesa sobre la sociedad entera y sobre las relaciones entre los pueblos.
La bendición que Dios, en Jesucristo, irradia sobre ese lazo de fraternidad lo dilata de una manera inimaginable, haciéndolo capaz de traspasar todas las diferencias de naciones, lenguas, culturas y aún religiones.
Pensad en lo que llega a ser el lazo entre los hombres, aún si son muy diferentes los unos de los otros, cuando pueden decir del otro: « ¡Este es verdaderamente como un hermano, ésta es verdaderamente  como una hermana para mí! ». ¡Esto es bueno!  La historia ha demostrado suficientemente además, que aún la libertad y la igualdad, sin la fraternidad, se pueden llenar de individualismo y conformismo y aún de interés personal. !
 La fraternidad en familia, resplandece de manera especial cuando vemos la perseverancia, la paciencia, el afecto del cual están rodeados el hermanito menor o la hermanita más débiles, enfermos o discapacitados. Los hermanos y hermanas que hacen esto son numerosos en todo el mundo y nosotros tal vez no apreciamos suficientemente su generosidad. Y cuando los hermanos en la familia son numerosos – hoy  saludo a una  familia que tiene nueve e hijos – el mayor o la mayor ayuda al papá, a la mamá a cuidad a los más pequeños. Y esto es bueno, ese trabajo de ayuda mutua entre los  hermanos.
Tener un hermano, una hermana que te ama es una experiencia muy fuerte, inestimable, irremplazable. Sucede lo mismo con la fraternidad cristiana. Los más pequeños, los más débiles, los más pobres, nos deben conmover; ellos tienen « el derecho » de encender nuestra alma y nuestro corazón.  Si, esos son  nuestros hermanos y, como tales, debemos amarlos y ocuparnos de ellos. Cuando esto se produce, cuando los pobres  se sienten como en casa, nuestra fraternidad cristiana misma retoma vida. Los cristianos, en efecto, van al encuentro de los pobres y los débiles, no para obedecer a un programa ideológico, sino porque la palabra y el ejemplo del Señor nos dicen que todos somos hermanos. Este es el principio del amor de Dios y de toda justicia entre los hombres. Os sugiero una cosa: antes de terminar –me restan algunas líneas – en silencio, cada uno de nosotros, pensemos en nuestros hermanos, en nuestras hermanas, y en silencio, en nuestro corazón, oremos por ellos. Un instante de silencio.
¡Vamos! con esta oración todos hemos traído a nuestros hermanos y hermanas en el sentimiento, en nuestro corazón, aquí, en la plaza para recibir la bendición.
Hoy, más que nu7nca, es necesario devolver la fraternidad al centro de nuestra sociedad tecnocrática y burocrática; así, la libertad y la igualdad también tomarán su justa tonalidad.  Por esto es que no podemos privar  a nuestra familia a la ligera, por impulso o por miedo, de la belleza de una amplia experiencia fraternal de hijos e hijas. Y no perdamos nuestra confianza en el vasto horizonte que la fe puede sacar de esta experiencia, iluminada por la bendición de Dios.


Traducción de Zenit