Pareja de Enlace de la Zona Europa Central y Oriente Medio
Somos Georgina y Youssef Boutros. Somos libaneses y vivimos en el Líbano, un país que atraviesa desde hace más de cincuenta años períodos muy difíciles, marcados por la guerra, la violencia y la injusticia.
Casados desde hace 32 años, damos gracias a Dios por nuestras dos hijas y nuestros dos hijos.
Formamos parte de los Equipos de Nuestra Señora desde hace 31 años. A lo largo de nuestra vida conyugal, hemos servido dentro del Movimiento y asumido muchas responsabilidades: matrimonio piloto, matrimonio de sector, matrimonio informante nacional, matrimonio de formación, matrimonio regional y, actualmente, matrimonio en el ERI, encargado del enlace de la zona Europa Central y Oriente Medio, que comprende 23 países.
Georgina es enfermera diplomada, especializada en salud comunitaria. Trabaja a tiempo completo en un reconocido hospital universitario de Beirut, ocho horas al día, cinco días a la semana. Youssef es topógrafo y dirige su propio despacho.
Además, estamos comprometidos con Fe y Luz, una comunidad cuya misión es construir relaciones de amistad con las personas con discapacidad. Es precisamente allí donde nos conocimos por primera vez.
Cristo sigue siendo para nosotros una verdadera fuente de fortaleza cuando oramos juntos y lo ponemos en el centro de nuestra vida. En los momentos de tensión o fragilidad, hemos comprendido que no podemos construir esta unidad solo con nuestras propias fuerzas. Es al volver a Él que encontramos la paz, la capacidad de escucharnos y de perdonarnos…
En medio del caos, la incertidumbre y los miedos durante el período de guerra, descubrimos que nuestra fortaleza no venía de nosotros mismos. Cuando todo parecía tambalearse a nuestro alrededor, Cristo se convirtió en nuestro punto de anclaje. Nos enseñó a acercarnos en lugar de dejarnos dividir por la angustia. En la oración, en los silencios compartidos e incluso en el corazón de las preocupaciones, encontramos una paz inesperada. Como matrimonio y como familia, permanecimos unidos a pesar del miedo, preservando momentos de escucha, paz y esperanza.
Incluso en nuestro servicio a los Equipos de Nuestra Señora, continuamos avanzando y preparando nuestros compromisos. Estos adquirieron un significado aún más profundo: servir, amar y permanecer presentes a los demás a pesar de la guerra se convirtió para nosotros en una manera concreta de vivir nuestra fe en la esperanza.
Continuar viajando para las reuniones del ERI y visitar los equipos en distintos países de nuestra zona no era algo evidente, especialmente con el temor de ver el aeropuerto cerrar. Cada salida suscitaba dudas y preguntas, a veces incluso la tentación de renunciar. Sin embargo, elegimos confiar y no dejar que el miedo decidiera por nosotros. Esos desplazamientos adquirieron entonces un nuevo sentido: se convirtieron en una manera de permanecer fieles a nuestra misión y cercanos a los demás. Cada encuentro se volvía precioso, cada rostro una fuente de aliento. Teníamos la profunda convicción de que, a pesar de la guerra, un vínculo aún más fuerte continuaba uniéndonos. Era como un eco de la llamada de Cristo:
«Ven, sígueme.» Evangelio según san Mateo 19,21.
Cristo no suprimió los riesgos, ni las preocupaciones, ni las pruebas, pero nos dio la paz interior para avanzar. Transformó nuestros miedos en ocasiones de crecer en la confianza, y nuestros compromisos en testimonio de una esperanza viva. Hizo crecer en nosotros una unidad y una esperanza que nada ha podido quebrar.
Este testimonio sigue siendo un camino en construcción, porque nuestra relación con Cristo crece y se renueva cada día. Pero creemos profundamente que, mientras permanezcamos enraizados en Él, Él sigue haciendo de nosotros testigos radiantes, unidos en el amor. Como dice san Pablo:
«Todo lo puedo en aquel que me fortalece.» Carta a los Filipenses 4,13.
Gloria a Dios
Correo ERI Junio 2026
P. Augusto García PSS
El Santo Padre León XIV, el pasado 25 de mayo, entregó a la Iglesia y a la humanidad la encíclica Magnifica Humanitas (MH). Es un texto extenso y que aborda tantas cuestiones que atraviesan la vida contemporánea: la dignidad de la persona humana, el trabajo, la libertad, la calidad de la relaciones sociales, la paz, la justicia, la responsabilidad hacia la casa común.
La encíclica tiene como subtítulo: “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial”. Por tanto, no se trata de un texto “sobre la inteligencia artificial”, sino del valor de la persona humana “en el tiempo de la inteligencia artificial”. No es una advertencia contra la inteligencia artificial, pero sí una invitación a custodiar la grandeza de la persona humana y lo humano en estos tiempos de profundas transformaciones. La Iglesia quiere ser parte del diálogo sobre el desarrollo de la inteligencia artificial. Nuestro tiempo necesita con urgencia la sabiduría de la Iglesia sobre el hombre que le ha sido confiada a la luz de la revelación en Cristo: de la dignidad de la persona humana única e irremplazable, de su libertad, inteligencia y conciencia, de su capacidad de buscar a Dios y de su vocación relacional.
Para animarlos a su lectura queremos indicarles brevemente algunos elementos que la encíclica ofrece como criterios para un “discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona” (MH, 97) ante las nuevas tecnologías y principalmente la inteligencia artificial.
- Magnifica Humanitas – Magnífica Humanidad. El título nos lleva a contemplar a la humanidad como “magnífica”. No es una apreciación ingenua de la humanidad. El texto reconoce las miserias y heridas de nuestra humanidad, de la terrible capacidad de maldad que hay en cada uno de nosotros. Destaca las guerras, las esclavitudes y la exclusión, los terribles niveles de indiferencia y crueldad. A pesar de todo esto, el Santo Padre no tiene temor en llamarla “magnífica”. ¿Por qué? Porque todo ser humano tiene una dignidad infinita y, a pesar de su capacidad de maldad, nunca pierde esa sublime capacidad de amar que Dios le dio cuando lo creó. También trae algunos ejemplos de la grandeza de la humanidad, su “magnífica”, que nos hacen sentir orgullosos de ser humanos. Entre estos: la cultura, el arte, instituciones que nos protegen. Se detiene en nombres de grandes hombres y mujeres como Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Marie Curie, Elisabeth Elliot, Benazir Bhutto. Recuerda algunos mártires como Kolbe, Romero, Angelelli o Van Thuan. Sin olvidar los mártires del cotidiano: padres de familia, médicos, enfermeros, voluntarios (MH, 122-125). Concluye con esta fascinante afirmación y cuestión:
Por eso la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor.” A este punto se impone una pregunta decisiva: si existe un auténtico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo. (MH, 126).
- Salvaguardar la verdad como valor relacional. Una de las primeras advertencias de la encíclica es la salvaguarda de la verdad. Las máquinas con el uso de la inteligencia artificial pueden ofrecer información precisa y en cierto sentido proporcionar un grado de verdad. El Papa León nos recuerda que las máquinas no pueden reemplazar nuestra responsabilidad de buscar la verdad. La capacidad intelectual de buscar la verdad hace parte de la dignidad de la persona humana. El Santo Padre quiere dejar muy en claro que la verdad no es solo “racional”, esto es, la dimensión racional de los hechos “ya que requiere verificación, cotejo de fuentes y responsabilidad argumentativa”, sino también “relacional” ya que “se construye a través de vínculos de confianza y prácticas compartidas, en un diálogo honesto con los demás y con el mundo.” (MH, 132). El verdadero conocimiento, sea éste científico o social, es fundamentalmente relacional porque tiene como raíz la confianza de unos con otros y nuestra disponibilidad al diálogo. También aquí el Papa concluye con una iluminada invitación:
¡Permanezcamos fieles a la verdad! Viviendo inmersos en flujos incesantes de información, opiniones e imágenes, sabemos lo fácil que es influir en decisiones y preferencias a través de algoritmos cada vez más sofisticados. En este escenario es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato. La verdad que no debemos perder es la de Dios y la del ser humano, tal como Cristo nos la ha revelado. (MH, 237)
- Preservar la libertad interior. Esta tarea es central en la encíclica. La libertad humana es presentada como un don arraigado en una verdad que es personal, encarnada y relacional. Nuestra libertad e inteligencia se expresan a través de un conocer y un amar que se encarnan de forma insustituible: a través del cuidado, el trabajo, la contemplación, el sufrimiento y la amistad. Ante el efecto de las plataformas digitales sobre la libertad humana, el papa León recuerda que debemos ser conscientes de que estas están “para captar el tiempo y la mirada de los usuarios, explotando sus fragilidades y debilitando la libertad interior.” (MH 170) El Papa León sostiene que mantener la libertad interior requiere una actitud sana, caracterizada por ritmos que incluyan el silencio, el estudio reflexivo, la lectura y el análisis minucioso (MH, 146). Hoy se perciben ya signos de una posible deshumanización del conocimiento, donde las personas “saben muchas cosas” pero tienen dificultades para dar “un sentido a su vida». El Papa concluye con una advertencia: “Es urgente promover un uso de las tecnologías que refuerce la libertad interior: educación en la sobriedad digital, protección de los menores y lucha contra los modelos que prosperan a costa de la vulnerabilidad.” (MH 170)
- El valor y la fecundidad de nuestra experiencia del límite. Todos apreciamos los avances de las nuevas tecnologías, por ejemplo, en la salud, en la rapidez de la información y en la educación. Pero como dice el santo Padre “el punto crítico (…) no es el uso de la técnica en cuanto tal sino la visión que allí subyace”… “una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una ‘salvación’ puramente técnica.” (MH 117). Esto sucede con narrativas como el posthumanismo que consideran que la humanidad ha llegado a su fin e incluso proponen su sustitución y la urgencia de un salto evolutivo que depende siempre de la tecnología. Por otro lado, algunas formas de transhumanismo invitan a pensar que, gracias a los sofisticados dispositivos tecnológicos, nuestra vida será un paraíso. Estas narrativas le venden a la humanidad el falso sueño de la superación de los límites de la condición humana (MH 116), una humanidad “casi descarnada” (MH 232).
Detrás de esta idea de progreso se esconde lo opuesto a lo que los creyentes llamamos vida nueva, esto es, la vida teologal que vive en la fe, la esperanza y la caridad que de verdad nos lleva más allá de nosotros mismos a la verdadera superación de nuestras fragilidades con la vida de la gracia. En las narrativas anteriores las virtudes teologales son reemplazadas por una fe y una esperanza tecnológica, con la consecuente pérdida de la caridad. En todo esto se corre el riesgo de olvidar la dimensión espiritual de la persona humana creada y querida por Dios que no puede reducirse a mecanismos tecnológicos. Recordemos que la mística de estas narrativas del transhumanismo es proponer como gran ideal: la superación de todo límite. Ante esta propuesta, la encíclica habla del valor y de la fecundidad de nuestra experiencia del límite: “Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un ‘límite’ – incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad – tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación.” (MH 118). Y el Santo Padre añade: “debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite.” (MH 118). La experiencia de los límites humanos hace florecer los grandes valores de la dignidad de la persona humana como dice el Santo Padre: “Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios.” (MH 119).
La respuesta definitiva a las promesas del transhumanismo y corrientes posthumanistas nos viene dada en el misterio de la Encarnación, como lo proclama el Santo Padre:
La Encarnacion abre un camino diferente (…) el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condicion narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvacion (…) Lo que salva al hombre es el amor divino que desciende hasta el punto mas fragil de su historia y la regenera desde lo profundo. (MH 232).
- El valor de la trascendencia como vocación de la persona humana. En todo ser humano late el deseo de la superación, de ir más allá, que no nace de un querer huir de la realidad o despreciar el límite, sino que nace del don de Dios. Esta ha sido la afirmación de la tradición cristiana que “el ser humano no está encerrado en los límites de su propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo” (MH 127). El Santo Padre explica que esto es posible gracias a la iniciativa libre, sorprendente y sobreabundante de Dios: “Y quien hace posible este camino sólo puede ser el Infinito que se da: es Dios mismo quien supera la desproporción ‘infinita’” (MH 127). Porque como dice san Pablo: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Co 5,17). El Santo Padre cita al Papa Francisco cuando explica que “cuando aceptamos esta posibilidad de trascendernos a nosotros mismos con la gracia de Dios no renegamos de nosotros mismos, no nos volvemos menos humanos.” “Por el contrario, como explicaba el Papa Francisco, ‘llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero.’(EG 8)” (MH 128).
El Movimiento de los Equipos de Nuestra Señora, animado por el carisma dado al amor conyugal de las parejas, trabaja cada día con esfuerzo para pertenecer a esa “magnífica humanidad” con la que Dios soñó, a esa humanidad capaz de amar, de dar la vida por el otro y los demás, de sufrir con ellos, de esa humanidad que le quiere permitir a Dios ser llevada más allá de sí misma para ser plenamente ella misma en la amistad con Él.






